lunes, 20 de noviembre de 2017

Todo lo he inventado, Farabeuf

¿Recuerdas a Farabeuf? Te había contado de esta novela a modo de écfrasis, te dije que me pareció un largo poema en prosa escrito en la piel con un brillante escalpelo. ¿La piel de quién? Preguntas y no sé cómo responder, quisiera decir que es tuya, pero tú nunca la leíste, ¿o sí? Imagina que esto pudo haber pasado y que la tinta es roja.

La crónica de un instante condenado a la repetición y, por su propia condición, a la alteración de los detalles, me equivoco, como ya es costumbre, porque mi memoria juega a las escondidas con el tiempo. Te cuento esto para creer que alguna vez leí ese texto y que tú me entiendes, tropiezo con mis palabras y te arrastró al abismo de la explicación.

De lo que estoy cierto, por no decir seguro, es del nombre del autor. Salvador Elizondo, hombre que fue mucho más que un tercero al lado de Paz y de Borges, ¿te acuerdas de ese video en donde los tres aparecen (todo es un acto de magia) pero únicamente hablan dos? Te repito el nombre del hombre que escribió Farabeuf: Salvador Elizondo. ¿Recuerdas sus otros libros, los cigarrillos que se fumó, los tragos de whisky y las discusiones sobre literatura que tanto le apasionaban?

Farabeuf puede ser un cirujano francés que hurtaba cuerpos de los cementerios para probar sus innovadores instrumentos de tortura. También te conté que tenía la impresión de que este Farabeuf literario usurpaba las identidades de amantes desaparecidos, el brutal Don Juan encontraba a sus compañeras a través de la ouija, con un sí o un no llegaba hasta las damas ávidas de tortura y las poseía con su bisturí de acero. Invento tantas cosas, te invento.

Había ahí un libro que mutaba, tres monedas que caían, un espejo viejo. La sangre brotaba, se formó un charco, escribí el número seis en un idioma desconocido. Y hasta ahora no te había mencionada la fotografía. ¿Cuál imagen? La del suplicio chino de los mil cortes. Alguna vez (debo confesarte que he olvidado casi todo) hojeamos ese libro de Bataille en el que Eros lloraba.

Quiero que rememores esto sin ayuda de las citas y los cisnes degollados, te desnudo la memoria eidética; cuando era más pequeño me obsesionaba con los detalles, nunca he olvidado aquella estrella de mar que se pudrió en tus manos.

La playa está llena de bruma, he regresado a ella una y otra vez, con la esperanza de encontrar de nueva cuenta al niño que construía el castillo de arena que no viste. Ahora confundo la existencia con la ausencia, ¿eramos nosotros o fue Elizondo quien pintó este detalle al óleo en mi cabeza? Tú no dices nada, estás mirándote en el espejo sucio, ¿acaso buscas vestigios de mí en tu reflejo? Quiero leer Farabeuf contigo.

Se pasan de vivos

Estas bonitas tradiciones mexicanas en donde los vivos se orinan sobre las tumbas de sus muertos. Existe también la costumbre, ad hoc, de suicidarse entre el treinta y uno de octubre y el dos de noviembre, aunque no se restringe a estas fechas; las matanzas, con sus coloridos desmembramientos, han pasado a ser parte del patrimonio cultural de la humanidad. ¿Y el sabroso pan de muerto? Quizá haya aquí una confusión, este alimento es el que no tienen millones de pobres, su ausencia provoca la famélica panorámica del territorio nacional; los muertos de hambre no comen pan, quizá aquí está la ironía. De todos modos y formas geométricas, cruces en movimiento, ¡qué hermosos se miran los cadáveres amontonados en las fosas comunes!

Algunos escritores fantásticos y Lucius Shepard

"El bosque presentaba un aspecto siniestro en esta hora de la noche. Jamás hasta entonces había sabido lo que era la noche. El mundo entero parecía adormecido para siempre", cito estas palabras de Selma Lagerlöf, extraídas de su libro "El maravilloso viaje de Nils Holgersson", porque me recordaron a un autor que también mezcla lo fantástico con lo poético, Lucius Shepard.

Al igual que la ganadora del nobel en 1909, Lucius Shepard puebla sus historias con seres extraordinarios que reflexionan sobre el oscuro mundo que nos acontece, personajes que cuestionan su condición, la mayoría de veces infrahumana, porque a ambos autores les encanta la encrucijada; recordemos que Nils maltrata a los animales y en castigo por esto un duende lo convierte en "pulgarcito", el muy pequeño niño arriesga la vida una y otra vez para resarcir el daño provocado.

En Lucius Shepard ocurre algo similar, pero más crudo y frontal. Es considerado uno de los maestros de la literatura fantástica, además sus cuentos son filosóficos, cercanos al estilo mordaz del Voltaire de "Cándido" y "Zadig". Dos libros he leído de él: "El cazador de jaguares" y "El hombre que pintó al dragón Griaule".

Del primero de estos, "El cazador de jaguares", recupero dos historias, la primera es "Cómo habló el viento en Madaket", sangrienta narración de un viento enfurecido que asesina personas al mayoreo; quienes hayan visto "The Happening" de M. Night Shyamalan encontrarán varias reminiscencias entre la película y el cuento.

"El cazador de jaguares", narración que le da nombre al libro y que bien podría ser etiquetada de "fábula de la cotidianidad mágica": un retirado cazador, Esteban Caax, debe pagar por la ambición de su esposa con la sangre de un felino atípico, humanidad y animalidad son imposibles de separar. Hay alguna relación de este cuento con "Un viejo que leía novelas de amor", de Luis Sepúlveda.

"El fin de la vida tal y como la conocemos" forma parte de la recopilación de relatos que lleva por nombre "El hombre que pintó al dragón Griaule". Una pareja de gringos errantes quéjase de las moscas mexicanas y viaja hacia Guatemala. Ella no encuentra la manera de decirle que está harta de la compañía de él, lo único que los tiene juntos es el sexo, un hippie les presentará a un chamán que cambiará sus vidas para siempre.

Drogas exóticas como el coral negro, invasiones norteamericanas en Centroamérica, monstruos dormidos que son intervenidos con pintura, extraterrestres travestidos, Lucius Shepard tiene algo qué decirnos sobre el presente presentante (o pos-ya-qué-modernidad), aquí algunas de sus líneas como posible hola-adiós: "El hombre y tú os separaréis y os reuniréis de nuevo muchas veces. Pues no sois compañeros, pese a ser amantes, y cada uno tiene que seguir su propio sendero."

Delirio de persecución

Escondí el cempasúchil de nuestro amor
lo enterré porque nos perseguían
tú aún duermes la siesta de los siglos
y no me alcanza para tu resurrección

Dejé de respirar y el puma se fue
lo engañé como en el cuento

Prometí cuidar del abejorro (...) nueve el número de mi suerte
amarillos los campos fertilizados con el sudor del capitalismo
para que no te falten los libros orientales y los réquiems de cantina
pan de muerto con mermelada/plañí por ti todas las tumbas/todas
también hay flores debajo de la almohada
en la morgue me esperas pero soy intolerante al veneno

Magma tocó el zempoal
el mariachi cobra antes de la serenata
continúa el reinando de los funerales
como cuando estabas recién fallecida
pasa que a mí nada se me olvida
millones de calaveritas que antes eran niños
alguna vez te conté que me daba miedo sentarme en alguna tumba invisible

Hace meses que no duerme mi amor
mi amor está desvelado y los cirios cuelgan
como gónadas en la boca de Perengano

Tú siempre dudaste del último adiós
en el pésame hay fantasmas/cenizas de cruces ultrajadas

La gente tiene miedo
¿puedes con esto?
te apareces en los hospitales
le sacas la lengua a los enfermos
y los enfermos se desangran
y no hay ketorolaco que sirva
los médicos atienden a Juan
que cayó del quinto piso
y viajó en ambulancia desde Tijuana
le sacan coágulos de los pulmones
sirven la comida durante la intervención
¿en serio puedes con todo esto?

Es tan romántica la muerte en tus manos
hace mucho frío que no hay tiempo
venas inútiles las de los cadáveres
trapeo los restos de este recuerdo
el piso huele a cloro

Salgo al patio y miro el árbol torcido
enterré la flor de cempasúchil/tierra mojada/noche de perros

No hay avenida que no lleve al panteón
escogí mi ataúd tan trasparente como el tuyo
sigo soñando que me persiguen y yo me persigno

Rompí mi cráneo y te ofrecí la copa
piedra de sacrificios tus ojos jade
la sangre como polvo en el ojo del pajarraco
y el cempasúchil floreció en el infierno.

Faltan fotografías para la coqueta muerte

Subí a la azotea para ver el humo que oscurecía la mañana, con esa calma fúnebre de los panteones las nubes iban haciéndose más grandes y más negras; pude observar que la mitad de la ciudad estaba destruida, como si el pie de dios hubiera pasado por ahí, la cantera se convirtió en polvo. El viento traía un olor como de carne chamuscada, el sabor a sangre se me metió en la boca y llegaba a la garganta. No quise prender la radio ni la televisión, tampoco revisé las redes sociales, nada de internet. Las sirenas de ambulancias y patrullas me lo dijeron todo, antes había escuchado la explosión, también sentí cuando se cimbró la tierra.

Vi a mucha gente correr, algunos lloraban y otros gritaban "¡terroristas, terroristas!", tuve ganas de decirles que se callaran, pero no sabía porqué, quizá sólo un impulso, o tal vez un odio contenido. En ese momento el vecino salió por la ventana, él ya había revisado las cifras, me informó que eran más de trescientos muertos y miles de heridos. Dos camiones repletos de explosivos estallaron en el Centro Histórico de Morelia. Hasta el momento ningún grupo extremista se atribuía los atentados, pero se hablaba de los fundamentalistas religiosos que no pueden faltar en estos menesteres, "los malditos destruyeron la catedral", dijo con impostura el informante improvisado.

Entonces recordé que hace unos años pasó lo mismo en Somalia, aunque en ese momento a muy pocos les importó la tragedia, creo que la distancia y la falta de curiosidad aminoran las desgracias, forcé la memoria para mirar otra vez esos cuerpos quemados que estaban entre los escombros, incluso oí de nuevo la explosión, y ahí fue cuando ya no supe distinguir entre el ahora y el ayer, entre aquellos muertos y estos cadáveres frescos que aún nadie fotografiaba. Corrí por mi cámara y me dirigí hacia allá.

Art y culo

Reptilianos y elefantiásicos,
público magullado,
les venimos a hablar
de la poética legal,
la palabra que mandata
la reata del deber ser.

Dura es la ley
cuando se excita,
ella no acepta
un no como respuesta.

Sin ley sólo hay caos,
nada más alto que la ley,
la catedral de la ley,
el rascacielos de la ley,
las torres gemelas de la ley,
el World Trasero Center de la ley,
pero nunca el jacal de la ley.

El estado de derecho
colinda con Cuernavaca,
la naturaleza o dios,
¿quién hace leyes desnudo?

No se asuste,
la ley también puede ser flexible,
ayúdenos a ayudarle.

La ley del más duro;
si usted es pobre
siga intentando,
no hay ley que dure cien años.

Recuerde,
este país camina
por la senda de la legalidad,
en bicicleta se hace la mitad.

Dejad que los niños pisen las granadas

"El pájaro pintado", de Jerzy Kosinski, libro que tiene como protagonista a un niño sin nombre al que le ocurren todo tipo de infortunios, siguiendo la tradición de protagonistas infantiles en situaciones brutales, es decir, adultas: "Lazarillo de Tormes", "El señor de las moscas", "El tambor de hojalata", la novela de Kosinski narra el recorrido doloroso y sangriento de una pequeña víctima de la Segunda Guerra Mundial por una Europa Oriental atávica y supersticiosa.

"El Periquillo Sarniento" escrito por el Marqués de Sade polaco. Agnieszka Piotrowska dirigió algo así como un documental que se llama "Sex, Lies and Jerzy Kosinski", en donde intenta desenmascarar al escritor de "Cita a ciegas", "Cockpit" y "El pájaro pintado", por sólo mencionar los que he leído de este autor (también) norteamericano que se suicidó en 1991.

Una cosa es hacer literatura para niños, empresa harto difícil, pero algo muy diferente es tomar a un pequeñín y meterlo a una pecera de chingaderas para demostrar que todo está jodido, principalmente la esperanza. "El pájaro pintado" fue prohibido en varios países europeos, algunas personas quisieron ver lo ahí contado como la descripción del pasado tormentoso de Kosinski, él era amante del escándalo (y del esquí), nunca desmintió tal rumor, quizá sopló un poco la lumbre del chisme.

El niño de pelo negro aguanta veinte capítulos (XX) de azotes, patadas, escupitajos, jalones de greñas, mordidas, picotazos de cuervos, acoso sexual; este "gitanito" o "judío bastardo" o "ave de mal agüero" es testigo de violaciones, incesto, zoofilia, desmembramientos, asesinatos, matanzas y la llegada del ejército rojo que trae el evangelio del comunismo. El personaje de esta historia parece atrapado en Tríptico del Juicio Final, óleo de Jheronimus Bosch, acá El Bosco.

Creo que ya conté demasiado del libro, pero nada como una cita para saborear la masita de la trama, esa materia masticada que se queda pegada entre las miradas de los curiosos que mastican estos párrafos:

"Todo había sucedido en un momento. Yo no podía creer en lo que había visto. Algo como un destello de esperanza cruzó por mi mente, como si los ojos arrancados pudiesen ser colocados de nuevo donde les correspondía. La molinera chillaba locamente; corrió a la habitación contigua y despertó a sus hijos, los cuales se pusieron también a llorar de terror. El jornalero lanzaba alaridos y luego quedó silencioso, cubriéndose el rostro con las manos. Arroyuelos de sangre corrían entre sus dedos, bajaban por sus brazos, caían lentamente sobre su camisa y sus pantalones".