Los museos son los zoológicos de la creatividad, parientes cercanos de los funerales, como si el arte se encontrara en peligro de extinción; se enmarcan y delimitan los espacios para que el público no le arroje comida al artista (a su obra), basta con una mirada y un comentario más o menos culto, una visita guiada para los neófitos. La mayoría se enorgullece de que existan estas vitrinas donde se le brinda culto al status quo de las épocas anteriores y también de las contemporáneas, pero en el fondo es sólo un paliativo frente a las cárceles y los hospitales. Sería preferible que los quemaran todos, la cultura es un fénix, ¿o no?
viernes, 17 de junio de 2016
A un año de la muerte de Ramón Méndez Estrada
Hace un año que te fuiste sin irte completamente, necio y cabrón, obstinado como una tarde de tormenta y berrinches, la muerte tardó en convencerte, quizá porque era miércoles y le seguía un bisiesto. Te moriste en la casa del buen Paco: "déjame solo, un rato". Un ratote de soledad. Te agarró la policía ontológica, "patadas en el culo, madrazos en el tórax", y qué hacer Ramón, "valemadrear el mundo", poetizar las paredes de la hipocresía con mentadas de madre polisemánticas, porque un chinga tu madre tiene múltiples aristas, tú lo sabías hasta el tuétano. Aunque con estos culeros que se dicen poetas es mejor no entrar en explicaciones, periodistas masturbatorios del poder, escritores de la felación aséptica, ni poner comas saben, pinches ágrafos con corbata, ¿qué saben ellos de la poesía si nunca han tomado charanda Uruapan? No sólo dejaste un hueco, un país entero se quedó en la miseria, te llevaste a la musa, es que "todas mías" era tu lema. Ahí está tu obra, todavía virgencita, no me refiero a los libros embodegados que los asnos de la secretaría de la locura tienen pudriéndose en el piso más bajo de su farsa, hablo de los cientos de poemas que no se han publicado, esos a los que les falta la sonrisa de una muchacha, las lágrimas de un amigo y el emputamiento colectivo. Ya vendrá tu tiempo, entonces le preguntarás a una señorita en la madrugada, disfrazado de borracho: Disculpe, ¿en dónde puedo encontrar un libro de poesía que valga la pena a estas horas?
Nuevas herramientas
Globalizados los sentimientos, sólo te puedo amar en inglés: I love you. El gobernador de mi estado soy yo y no ando a caballo. Rompo las fronteras, prendo la computadora, te mando un e-mail, actualizo mi estado, escribo 140 caracteres que expresen lo que siento. Salgo a caminar, no, salgo en bicicleta. Veo a los gordos fanfarrones con sus novias celulíticas tomando un café de Chiapas en el Jardín de las Rosas. Llueve, las calles se inundan, las moscas vuelan, los perros defecan. El olor de la tierra mojada es una payasada. Quién soy yo y quién es el guardaespaldas que anda preguntando: ¿Todo bien? No, nada está bien. Compro mis zapatillas deportivas que hicieron unos niños en Malasia, corro como Lola. Me da sed, pero no de vivir, soy un emo vestido de blanco. Destapo mi refresco negro, saboreo la fórmula secreta mientras leo tus inbox obsesivos y decadentes. Insultarnos es querernos. Cherán independiente, un nuevo video de las torres gemelas, el porno suave de tus caderas. El mundo se acaba con el último capítulo de la serie, es tan aburrido morirse y respirar no está de moda.
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El sin-poder
Todos dieron su opinión y el mundo se convirtió en un lugar perfecto.
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sábado, 7 de mayo de 2016
Del falso latín y la falsa declinación o de la apostasía del Pato Donald
Silvium Rodrigae est delicata
Avem Donalum mortis
Filia nihil est Mulier centos saccos
Cum lacrimae sum stercore.
Silvio Rodríguez es delicado
La muerte del pato Donald
La mujer de los cien pesos
Con lágrimas me cago.
Avem Donalum mortis
Filia nihil est Mulier centos saccos
Cum lacrimae sum stercore.
Traducción (también falsa)
La muerte del pato Donald
La mujer de los cien pesos
Con lágrimas me cago.
Después de una fotografía de Cristina Bustamante
Qué soy, qué oración reza por mí, cuál es el camión de mi basura, cuál mi iglesia. En una visión panorámica ni existo, detrás del instante me escondo, después del darse cuenta voy, pasa a las seis de la tarde, me acomodo en el asiento de este avión y hago el zoom de ventanilla, veo hacia los lados y se me cae la baba sin querer, la nuca del vecino está empapada. Es que utilizo menos de la mitad del corazón, cerebro y lengua, no tengo larvas, sólo la promesa de que regresaré como gusano, como vómito del vómito de la tierra; quién es "ese ahí", soy yo, el Cri-Crí mal hecho, la abuelita lobo de Heidegger, el nopal embadurnado de citas. Una dura memoria que suena como maraca de recuerdos, soy un guaje con la melcocha del remordimiento. Hurgando el baúl de los gerundios ando, soy el que pregunta qué somos cuando en verdad quiere saber de él, de mí que soy él, del mismo diferente, pero uei, embarnecido el ego, con los testículos tibios por la duda, pero ey. Y responde el montón de deseos cachivaches, la acumulación de cosas innecesarias, la adulación del ser habla: Eres el mejor de los posibles. A esto se opone el rencor de las hojas blancas que quisieron ser cartas y fueron basura, me enfrenta la letra firmada y el abonero del destino, rayadas, tachoneadas de ira, las ganas se apoderan del micrófono e insultan a los invitados de lo que soy, cuartillas y cuartillas de carajos, al último solo, y ni me hago caso. Soy el mal que ronca, el bobo ladrón de los cristales del yo, el gordito de la bicicleta pedaleada, el del dedo grande, el dientón pretencioso, el de los aretes de plata y boxeador de vecindad. A veces no soy lo que soy, no pasé la prueba de Elisa, no entré en la selección natural, carezco de fe y me sobran los humos. También soy el que se renta para las fiestas de los pendejos (fui más joven), el que admira la celulitis de las papadas. Incómodo cuando ebrio, trifásico cuando borracho, drogado cuando no hay más. Si estoy todos me quieren cobrar, si no estoy tardo en darme cuenta. Pido en vez de saludar: Unas monedas de chocolate para este pobre diabético. Siempre he creído que mis chicharrones no son de los que truenan, tengo magra la que piensa, se me ha hecho agua la consciencia, señora: Se me ha muerto la gallina, cómo no voy a yo-rar.
Fotografía de Cristina Bustamante
Cali Caliche
En su sentido etimológico griego Cali viene de kallos, que significa bello: calipigia, caligrafía, calidoscopio, etcétera. Kali es la fuerza destructiva y la Madre Universal de los hinduistas. Desde que yo era muy pequeño mis parientes me decían Caliche como una especie de diminutivo de Carlos, adopté esta palabra junto con el acrónimo de mi nombre Caroma (Carlos Rojas Martínez) en el 2002 cuando estudiaba en el Colegio de San Nicolás. Hace unos días Francisco Javier Larios me dijo, cosa que no recordaba, que firmaba mis textos en El Despertador Nicolaita como El Malandro. En uno de los libros de historia del buen Asimov encontré el origen de Karl, significa bastardo, antes de Martell, claro está; el hijo de Pipino el joven reivindicó el nombre a fuerza de madrazos.
¿A qué voy con todo esto? No lo sé, sólo me doy cuenta que desde el nombre arrastro una polisemia un tanto contrastante pero divertida, algo así como mi vida.
Imagen de Raja Ravi Varma
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