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lunes, 8 de agosto de 2016

¿Cuántas guerras más aguantará este paraíso?

Carlos Montemayor (1947-2010) pisó tierras michoacanas varias veces, aquí tenía lectores y amigos. Estuvo en el CCU de la UMSNH para dar una conferencia sobre las lenguas madres, circa 2002; también compartió sus ideas combativas en la Facultad de Filosofía “Samuel Ramos”, cantó en el Centro Histérico de Morguelia, caminó las angostas banquetas y las calles meadas, no se sabe si comió gaspacho, pero, eso sí, pidió discreción a la concurrencia atenta.

Esclarecedor y contundente, defendió el lenguaje, la casa del ser (Heidegger), expresó que el habla de los indígenas (los originarios) “no es un dialecto, es lengua madre”; su crítica social y el profundo conocimiento de la historia hizo de Montemayor un intelectual comprometido con su tiempo y con el porvenir, con los desposeídos (casi todos) y con el pensamiento humanista.

Entre su obra sobresalen, porque sí, “Finisterra”, “Cuentos gnósticos”, “Minas del retorno”, el “Diccionario del Náhuatl en el español de México” y la novela histórica “Guerra en el paraíso”. Carlos Montemayor reconstruye el surgimiento, punto álgido y debacle del Partido de los Pobres, uno de sus protagonistas es el maestro, vilipendiado como todos los maestros, Lucio Cabañas.

Impresiones, anécdotas, el vestigio palpitante, varias personas radicadas en Michoacán que conocieron a Carlos Montemayor comparten parte de aquellos recuerdos, la persistencia de una memoria colectiva.

Gaspar Aguilera Díaz, quien es de Parral, Chihuahua, al igual que el autor de "Guerra en el paraíso", comparte lo que sigue: “Carlos Montemayor, personaje imprescindible de la cultura y la literatura mexicana contemporánea. A su tarea como excelente narrador y poeta se une la de traductor ensayista y periodista, generando grandes aportes al conocimiento, la divulgación y valoración de la literatura primigenias”.

“Sus novelas trascendentes como Mal de piedra o sus relatos conmovedores y dramáticos como Guerra en el paraíso -sobre la guerrilla en México- con el que se hizo acreedor al premio internacional Juan Rulfo que se otorga en París, Francia; y destaca también su labor de espléndido traductor de los poemas de la poeta griega Safo de Lesbos”.

Continúa el poeta: “Estuvo en Morelia en varias ocasiones con motivo del Encuentro de poetas del Mundo Latino que se llevaba a cabo en esta ciudad entre 2002 y 2012, así como para divulgar y compartir sus valiosas investigaciones y compilaciones de la literatura de los distintos pueblos indígenas del país. Si bien su principal pasión fue la Literatura, recordamos también su devoción por la música clásica y el bel canto, recuerdo que alguna vez en el Hotel Virrey de Mendoza, después de una brillante conferencia sobre la novela histórica, nos deleitó a un grupo de amigos, cantando algunas zarzuelas y arias de ópera, acompañado por el pianista del bar y en otra ocasión conversando sobre el compromiso del escritor me comentó que como tal, era necesario involucrarse como intelectual y ciudadano en los movimientos sociales de México a propósito del Movimiento Zapatista del EZLN, por lo que escribía análisis críticos al respecto, que publicaba en el Diario La Jornada, por ende toda su trayectoria nos queda como un contundente ejemplo de congruencia y generosidad”.

Ulises Vaca, sobreviviente y facilitador de las humanidades, lo escuchó en la Facultad de Filosofía, así relata el encuentro con Montemayor: “El auditorio se atiborró en un instante, yo me encontraba sentado en el jardín cuando Carlos se asomó cargando un saco, un contoneo de lo más relajado, atento y devolviendo el saludo a todos. Sonrió al escuchar una melodía que salía de la guitarra de un compañero de la facultad. Una vez adentro, en la segunda fila, escuché una reflexión acerca de los pueblos indígenas, primarios, comentó Carlos. Una suerte de charla anecdótica devino la tarde, entre los espectadores y escuchas se encontraba el Dr. Luis Villoro, quien también murió unos años después de la muerte de Montemayor. Se detuvo, y de manera atenta solicitó a los presentes apagar cámaras y grabadoras, pues lo que iba a decir no debía ser registrado. El misterio fue revelado, lo que dijo, refiriéndose a Villoro, fue: Se necesitan huevos para bajar al infierno, y usted los tiene”.

Por último, Rocío Martínez también hurga en la memoria, la actriz, escritora y activista da a conocer lo que sigue: “Yo lo conocí gracias a Gaspar Aguilera, tomamos una copa con Carlos en el (hotel) Virrey de Mendoza, a Montemayor le gustaba cantar ópera, le pidió al pianista le acompañara y cantó Amapola, era un coqueto, me enseñó que al leer debemos visualizar las imágenes, pues esto apoya la expresión de las palabras, persona sabia, inolvidable”.

Que la palabra de Carlos Montemayor sea remanso en los rápidos del sufrimiento.

Un policía toca mi culo

Tengo miedo de que las noches estén llenas de policías ojos que brillan en la oscuridad, policías gato uñas largas que maúllan mi nombre en las azoteas (afirmativo tres veinticuatro), policías guardia romana que le queman las patas a mi águila que cae, policías estadounidenses que electrocutan a los negros y yo tan moreno, policías federales que le disparan a quemarropa al pueblo y no quiero morir tan joven, policías privados del estómago que no cagan, seguridad púbica pues la panza les tapa el sexo. Ramón me dijo patadas en el culo, veo a las estrellas parpadear mediocremente mientras el bardo quiebra el silencio de tantos crímenes, estoy en la cama sin querer apagar la luz, me rebelo al cuarto de fotografías con sus luces rojas a la Blow-Up, no revelo nada, mi cámara es digital y mortuoria. Tiemblo cuando pienso en los garrotazos que me darán sin que pueda verlos venir, fantasmas con gas pimienta, capuchas, cuernos de chivo, calaveritas sin dulces, tras cada golpe un grito mío; no tengo nada en contra de los esbirros, creo que todos podemos ser amigos, ir al cine y comer palomitas aunque estén más caras que la carne. Sudo frío porque nunca será así, ignoro cuáles películas son las de moda, además la mala ortografía de los periodistas impide que pueda descansar en paz, tengo la espalda llena de erratas, las doce madrugadas de mi cárcel están infectadas, se me antoja y quiero comerme mi propia pus, no alimento al monstruo del rencor, los perdono mientras veo como una rata carga una rebanada de pizza y pasa entre las rejas, ¡a la mierda el sistema penitenciario! Luego el roedor me muerde como yo muerdo la sábana, porque es lo único que sé hacer, imaginarme cosas cuando estoy sin camisa y desvelado.

Fotografía de Lucía Rodríguez Montes

Fomento a la locura

Yo no creo en las campañas de fomento a la lectura, pero si me tocara realizar o coordinar alguna pondría esta frase con tintes de psicología inversa:

Puto el que lea

viernes, 17 de junio de 2016

Como cuando el gato no se moría

Te amo con todo mi corazón encarcelado, estas palabras me parecieron las precisas para comenzar la carta que te escribo desde Mil Cumbres, ignoro si algún día la leerás, seguramente será revisada por ojos ajenos, pero me ilusiono pensando que son los tuyos los que se posarán sobre este montón de letras que intentan ser un abrazo, un beso de esa boca que hoy siento tan lejana. ¡Basta Cristina!, me digo para no hacerme caso, porque aquí sigo, escribiendo lo que pasó aquel veintiuno de marzo, mi crimen de primavera. Supe que los vecinos quemaron la casa esa noche, según ellos fue para eliminar las malos espíritus, gente estúpida sin vida propia, les di motivos para hablar, un poco de emoción en sus aburridas vidas. Cholita la de la tienda me lo contó, ha venido a verme tres veces, ella entiende: "son cosas que pasan, mija, nadie está libre de tropezar"; me confesó que varias veces estuvo a punto de hacer lo mismo, aunque ella nunca tuvo el valor, yo también la comprendo. Te extraño más de lo que te extrañaba antes, y bueno, el encierro conduce a la melancolía.

Asesiné a las niñas para que estuviéramos juntos, sólo los dos, solos en la soledad de la pareja, sabes que me gusta mucho la poesía, a ti nunca te gustó, no importa, lo dijo Cholita, no somos perfectos. Creí que si ellas se iban tú regresarías, fallé en mi cálculo. Aunque no me arrepiento de nada, arrepentirse es hipócrita, lo hice y ya. Estaba harta del llanto y los berrinches, no podía más con las peleas por el control de la televisión, que si las muñecas, la caca del perro, la tarea. Sin ti hasta el pan con leche de las ocho me daba náuseas, el papel de mujer resignada me venía muy mal, era demasiado para alguien como yo. El trabajo me volvía loca, la rutina me comía las ganas: maestra por la mañana, dentista por la tarde, mamá de noche. Y lo peor era que todo me alejaba de ti. Tú te ausentaste porque ojos que no ven, y ya ves, ahora soy una mala madre, loca e insensible, bruja del demonio, me he convertido en una historia nota roja, en una primera plana que nadie recordará después de dos semanas, cuando ocurra alguna otra tragedia. No quería que nuestras hijas sufrieran, en serio, les ahorré miles de penas, simplemente no llorarán más, comparado con lo que les esperaba, lo sé, sangre fría. Si hubieras estado para detenerme, tampoco es que te culpe, ni siquiera sé dónde estás ahora, te digo que te amo sin saber si leerás esto, con tu presencia las cosas serían de otro modo. Tarde es, anocheció en la esperanza, sigo con este poetizar lo horrible.

¿Que cómo las maté? Las llamé a la sala y les dije que tenía preparada una sorpresa para ellas, la condición era que se tiraran en el piso y cerraran los ojos, se emocionaron tanto. Acostadas por tamaño, en orden descendente, de grande a chica: Ana, Lucía e Itzel, con sus diez, ocho y seis años, se veían tan bonitas. Primero les di fuerte en el cráneo con el martillo que saqué de tu herramienta, dejaste tantas cosas; para que no se escaparan les rompí las rodillas, tuve que actuar rápido pues los gritos las asustarían más, no soy una insensible, además de que no quería llamar la atención de los vecinos, tú sabes lo chismosos que son. Se convulsionaban del dolor, no hubo resultados, ninguna de las tres murió al instante como lo había planeado. Decidí repetir la dosis, cabeza y nuca, incluso garganta. Sus cuerpos se retorcían como si hubieran recibido una descarga eléctrica, pero la muerte no llegó.

A Lucía le tocaron más martillazos, tal vez porque siempre fue la más gritona, o quizá por gordita, dicen que la grasa les amortigua los golpes, pobrecita. Le di tan duro como pude, utilicé la parte del martillo con la que se sacan los clavos, la piel se le desgarró, la policía encontró jirones de piel. Es muy difícil matar a alguien, el cine nos engaña. Como cuando quisimos dormir al gato que nos envenenó la vecina, a pesar de que estaba moribundo no cedía, tuviste que romperle el cuello, es que tú eres más fuerte, yo soy débil, siempre lo fui. Por eso utilicé la bufanda que me regalaste, la morada con elefantes, cómo me gustaba esa prenda, no me dejaron traer nada a la cárcel. Tardó como veinte minutos en dejar de respirar, pobre Lucy, se aferró tanto a la vida, la ahorqué durante cinco minutos o más, o no sé, uno pierde la noción del tiempo, ¿por qué mejor no les di veneno como al gato?

Anita vio morir a sus dos hermanas más pequeñas, no se movía, era una espectadora muda, quedó como desmayada, con los ojos abiertos, me dio miedo verla así. Cuando asfixié a Itzel sentí que Ana quería decirme algo, tal vez sólo fue mi imaginación, de su boca salía sangre y en uno de sus estertores escuché la palabra mamá, ¿intentó detenerme? Antes de terminar con ella tomé un respiro, matar cansa, te digo que no es fácil ser un verdugo. Por un momento consideré dejarla viva, no por arrepentimiento sino porque las fuerzas me fallaban.

Después del breve descanso le dije creyendo que me escuchaba: "Hija, esto que hago no es malo, sólo apresuro lo inevitable, tu papi nos dejó y no quiero que ustedes repitan la historia de abandono que hoy vivo, te quiero mucho, mi chiquita", siguió empecinada en su silencio, parecía inerte, no parpadeó, sin embargo aún respiraba. Puse la bufanda en el cuello de Ana y apreté duro, con ella fue rápido, adquirí algo de experiencia. Mira lo que hice, estoy contando esto como si fuera cualquier cosa.
Texto que apareció en La Voz de Michoacán como parte de un cadáver exquisito.

sábado, 7 de mayo de 2016

Abusados

El primer abuso que sufrí fue cuando nací, no pedí existir, mucho menos tener un pene, si me hubieran preguntado les habría dicho que dos, uno negro y uno blanco, para defenderme de los acosadores. He sido víctima de las constantes agresiones hacia mi persona sólo por ser un poeta alfa con leves destellos de misoginia. Le tengo miedo al suicidio porque no sé si habrá alguien que se quiera propasar conmigo en el más allá, eso del diablo contra dios se escucha muy bullying. Me niego a morir. ¡Basta ya, estoy harto de la contradicción, exijo la cabeza de Enrique el Bautista en una bandeja de plata!

Terremoto

En el suelo el progreso de una incivilizada especie, al igual que los argumentos, caen los edificios que parecían más sólidos. Es sólo la dinámica natural, el regreso del caos primigenio. La telúrica e inevitable condición de hombres y mujeres, animales harto ególatras destinados a desplomarse. Tiembla en el pequeño cosmos, el artificial e infundado centro del universo se hace polvo; se sacude el anthropos la tierra con un leve movimiento. La seguridad es apariencia, bajo el piso habita la vibrante muerte. Aparece el vértigo existencial cuando se mueven las placas del ser, siempre estuvo ahí, nunca dejó de estremecerse. Terremoto afuera y adentro, paralelismo vital, universal vaivén. Aunque se obvie la escala Richter del miedo, a pesar de la supuesta seguridad del día a día, seguirá acomodándose el espacio y el tiempo, los humanos no son tan importantes, la vibración es lo principal.

A-rrimando

La culpa no es del indio ni del compadre, la culpa la tienes tú por quedarte con el cambio. Después de leer tanto libro se te olvidó pagar la renta, ahora pides compasión mientras te revisas la bragueta. En este mundo culero lo que sobra es el insulto, si van a cobrar por verte mejor miro el retrete. Poetas y periodistas, chaqueteros por oficio, no hay peor putrefacción que los versos de sus libros. Ya con ésta me despido porque ahí viene el redoble, los soldados son maricas y el general su padrote, no olviden jalar la palanca para que se vaya el cerote.

Emperifollar las heces

Gerundio fálico perenne ubicado geográficamente: siempre está valiendo verga en Michoacán.

Lumpenpoematario

Un mundo con capacidades diferentes
en donde los poetas se reúnen
y hacen como que hacen pero no hacen,
$$ aprende algo $$,
mientras las camionetas arden
en las carreteras del olvido rural,
todo está:
D E S C O N T R O L A D O,
presidente-gobernador-diputado,
el orden de los desechos,
producto alterado y democrático,
canasta básica y agua falta,
los salarios de los reporteros,
directivos del averno,
el urinario en el museo,
el Rembrandt en el baño,
hasta cuándo,
cuántos más,
dos de cabeza y un perrito caliente,
el animalista se enoja:
¡hay que castrarlos a todos!

Comunicación

Lenguaje periodístico para un mundo mejor:

1. Cabe señalar (con el dedo por un orificio ad hoc).
2. Cabe destacar (meter y subir).
3. Se llevará a cabo (o sea, en pedazos o rumbo a San Lucas).
4. Finalmente dijo (se cansó del silencio).
5. En ese sentido (váyase derecho, usted llegará).
6. De esta manera (y no de otra, amaneramientos y manualidades).
7. Por otro lado (ya que se trata de un cuadrado expresivo).
8. Apuntó (en su libretita).
9. Respecto a lo anterior (pasado casi perfecto).
10. En este tenor (porque los barítonos son más gordos).
11. Asimismo (amontonamiento).
12. Así mismo (sí mismo disfrazado)
13. Sin embargo (no hubo incautamiento).
14. Resaltó (doble mortal).

¿Continuará?

Pequeñeces

Lo sé Lao-Tse, lo sé: daños de años.

Laboralia

¿Cuántas quincenas se necesitan para llegar a la felicidad? El tiempo se mide por depósitos bancarios, los abrazos y los besos son proporcionales al tamaño de la despensa, la renta no se paga sola. Las vacaciones sólo son un paréntesis y las prestaciones laborales una promesa que no se cumple. El esclavo por contrato quisiera que los fines de semana se prolongaran hasta la eternidad. A veces una hora en la rutina puede más que mil domingos. Trabajo como enfermedad.

Fue un error haber nacido o del no irse limpio

Soy una fe de erratas
Dios es mi corrector de estilo
Mala sintaxis mi existencia
El perdón demasiado tarde

Al otro día cuando nadie lee
Aparecen las letras pequeñas
En la página tal, donde dice...

En el principio fue el verbo mal conjugado
Pero se fue a impresión sin revisar
Por eso tengo acentos en donde no
Le faltan preposiciones a lo que soy.

lunes, 14 de marzo de 2016

Martha Villalobos

De todos los seres del mundo,
criaturas y caricaturas,
te prefiero a ti y sólo a ti,
porque sabes lo que es sufrir.

Luchas a tres caídas,
sin límite de tiempo;
te arrojas desde las cuerdas,
das patadas voladoras,
combates por tus sueños
en el cuadrilátero del género.

Cacheteas al patriarcado,
a veces te creen derrotada,
cansada y sin ganas de nada,
pero tienes a Lilith de tu lado,
las brujas son tu hado.

Y cuando los otros se dan por vencidos
porque les aplican el bla bla bla,
la ominosa llave del discurso
que conduce a la rendición,
levantas el rostro y dices va que va;
tus poderosos brazos aplastan el falo,
entre gritos, porfavores y gemidos
aplicas la llave de la castración.

viernes, 26 de febrero de 2016

Aceite

Es bien divertido burlarse de los demás, de sus filosofías, ídolos y tragedias, de sus logros y propósitos. Somos seres cómicos; todo en lo que creemos termina siendo, con el paso del tiempo, una payasada. Si de verdad fuéramos tan buenos como cacareamos, estaríamos en los hospitales y en las cárceles ayudando a los necesitados, o en la guerra contra el mal gobierno, muriendo por la causa. Pero no, todo lo contrario, estamos aquí discutiendo sobre el imperativo categórico hecho en China.

Versos Malísimos

La deseo en el silencio de mis cuadernos,
atrevido, digo su nombre en voz alta,
eufonía pura declamada para un público inerte:
mis libros viejos y empolvados,
los muebles con su larvas
y el retrato de ella,
un mutismo prometedor.

Derramo la anacrónica tinta de mi pluma al escribir esto,
la emoción de Onán me contagia,
mancho la fotografía con el recuerdo.

Busco la efe de la fruición
en el arcaico diccionario de los sentimientos,
aún indescifrable para muchos.

La amo irregularmente,
cambio las letras al conjugarla,
el adverbio de sus miradas
modifica el lugar y el tiempo de mis acciones.

Insignificante, soy una coma en la existencia,
apenas un rasguño ortográfico;
mas cambiaría todo el sentido
si yo no estuviera en su narración.

martes, 23 de febrero de 2016

El Oyente

¿Es esto un diario arrancarse pedazos de oreja? El carro que pasa, su motor avisa, va el golpe 201 dB. Qué pasa calva baza, por qué te metes en mi cabeza con tu patológica conversación, no me interesa saber si tu tumor es más grande que una nuez y que te lo sacarán el viernes; y tú, la que va sentada a la derecha del chofer, maldita seas, maldita tu voz y el fruto grasoso de tu vientre: ¡quita el altavoz de tu teléfono! Máquinas con bocinas, perros ladrando, coches y motociclistas, el biciclista y su aguda campanita, tilín tilín. La ciudad es mitad autódromo, mitad rastro. Gritan como si los estuvieran matando, para qué nacen, para qué se casan y tienen bulliciosos hijos. También hablo de los run run: arrancan, se van sin decir adiós, son violentos necios tercos, atropellan, pasan por encima de uno, dos, tres transeúntes a la vez. Queda el eco del ruido y el rojinegro rastro de su paso: un daño irreversible en el asfalto, una marca gasto innecesario en la dermis del cemento. No alcanzan los oídos para este rugir tremebundo que es el mundo. Los actuales Ángeles del Infierno ya no traen dos llantas ni pañuelos en la cabeza, ahora utilizan el motor alterado de la cheyene del año: vayacorridos, nalgatón, semosmuchos, muyjuntos, juntititos. Hippies con tambores en la plaza, su mugroso sonido al que no se le puede decir que no, el berreo de la trova en los cafés casi parisinos, el badajo de las campanas que se une a la orgía sonora. Las charlas del bla bla, los murmullos in crescendo, el cuchicheo ubicuo, el escándalo como principio primordial. Vociferan los otros: "Escúchame, es que no me escuchas". Farmacias con bocinas para atraer a los sordos, botargas y muchachas que dan papeles publicitarios, el alboroto de la promoción. Multitudes yendo y viniendo, haciendo sonar sus zapatos contra el suelo, zapateado, y no a tiempo. Los sonidos extraños al masticar sus crujientes alimentos, la tiranía de la vulgaridad suena. Flatulentos oradores son parte del alboroto, todo proselitismo es un vocerío. Eructó esa bestia, éste de acá rechina los dientes, el de más allá le pega a la mesa. ¡El gas, el gas! En la noche es peor, las serenatas, el tren, las patrullas y ambulancias, hay una estridencia generalizada porque las esferas se rompieron, sólo queda el fragor de la melodía. ¿Oír? La lucha es contra la tranquilidad, aquello de que la muerte es el único descanso adquiere sentido si y sólo si el más allá es inaudible.

sábado, 6 de febrero de 2016

El fin del que escribe

Como todas las noches, desde que tenía consciencia (conciencia sin s), bebió su mezcal y se fue a dormir. En sus sueños no hubo hambre ni guerra, era un mundo pacífico como no hay tal. Jamás despertó. Esto es dios, pensó el narrador.